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CINCUENTA AÑOS PASARON DE AQUEL 29-6-66: EL GOLPE CÍVICO MILITAR DE ONGANÍA.

LA MEMORIA NO ES EL REGISTRO DEL PASADO SINO UNA VERSIÓN DE ÉSTE URDIDA EN LAS NECESIDADES DEL PRESENTE. A MEDIO SIGLO DE AQUEL ACONTECIMIENTO ¿QUÉ MIRADA CONSTRUIMOS HOY PARA DAR CUENTA DE ÉL?

La “Revolución Argentina” puso punto final a los intentos de construir Democracias Ficticias condicionando a los gobiernos desde el poder fáctico de aquella época: el “Partido Militar”. Desde el cruento golpe de “la Fusiladora” en el ‘55, con la proscripción del peronismo en todas sus expresiones incluso su identidad, (hasta la palabra Peronismo estaba prohibida), este objetivo fue sistemáticamente desbaratado por la resistencia popular. La dura y verdadera cara de la Doctrina de la Seguridad Nacional instrumentada por EEUU para América Latina hacía su aparición sin máscaras en Argentina.

El modelo vigente hasta entonces, de Democracia Condicionada, colocaba en un segundo plano la cara visible del poder, “entregando” el gobierno en elecciones con proscripciones al supuesto ganador del resultado electoral que, en el caso del Dr. Illia, fue con el 25 % de los votos con una mayoría de sufragios en blanco del peronismo. Sin duda un gobierno débil en cuanto al apoyo ciudadano, principalmente por el costo de convalidar un proceso ilegítimo desde su origen.

Con el golpe, las Fuerzas Armadas dieron un giro en su rol tutelar sobre los gobiernos que se venían desempeñando desde el ‘55, con el fin de evitar el desgaste por la gestión y el clima antidemocrático y represivo. El costo se lo cargaba así el débil presidente de turno, colocando al Partido Militar en el lugar del “salvador”. Cuando la pseudo democracia hacía explosión, allí llegaban ellos para poner fin a “las pujas intersectoriales políticas, gremiales, productivas y sociales (propias del contexto proscriptivo cuya única salida era resistir). Ante esos conflictos que el mundo civil no podía resolver, las Fuerzas Armadas “no tenían más remedio que intervenir” a fin de “preservar la argentinidad y el bien común”.

Por cierto que este modelo ficcional de democracia hizo crisis pues, para sustentarse, requería un mínimo de tolerancia que el Partido Militar no estaba dispuesto a otorgar.

Las políticas económicas de Illia adoptaron rasgos nacionalistas rescatados de la intransigencia radical y del primer peronismo, atendiendo y desarrollando el mercado interno, resistiendo las críticas de intervencionismo estatal de los sectores concentrados y las imposiciones del FMI, que ya era un jugador global macroeconómicamente fuerte en América Latina.

El rol del Estado propuesto por el “gobierno electo” se inclinaba a controlar y planificar la economía dando cuenta de las cadenas de valor para definir costos y precios al consumidor. Los productos farmacéuticos fueron ejemplo destacado de estas políticas.

Al poder militar le resultaban intolerables tanto la anulación de los contratos petroleros firmados por Frondizi y denunciados como política de entrega de la soberanía energética, como la defensa de las libertades públicas que partía de las Universidades Nacionales, donde el movimiento estudiantil docente venía denunciando en la calle este modelo represivo, entreguista y autoritario que el enmascaramiento mediático ya no podía ocultar.

 

Los hechos

Onganía asume como dictador el 29/6/66. Su primer “decreto ley” fue la clausura del Congreso y la prohibición de los partidos políticos. Un mes después, el 29/7/66, otro “decreto ley” ordenó la intervención de las universidades: no seguirían tolerando una Universidad responsable de engendrar “subversivos”. El decreto tenía el objetivo explícito de cortar de cuajo lo que la comunidad universitaria venía construyendo como mirada crítica.

Se suprimía la Autonomía Universitaria y se destituía el gobierno tripartito eliminando los tres claustros de su composición, los decanos fueron nombrados interventores y aquéllos que no aceptaban la tarea de control debían renunciar. Se clausuraban los centros de estudiantes y se prohibía toda filiación y expresión político gremial de estudiantes, docentes y no docentes.

“La Noche de los Bastones Largos” fue el nombre que la historia popular le ha dado al acontecimiento de la noche de la Intervención, donde el sistema se presentó con su cara verdadera. Comenzó un derrotero de violencia represiva contra los ciudadanos donde estaba prohibido todo -“hasta lo que haríamos de cualquier modo”- y alcanzaría diez años más tarde la inusitada escalada de la “Desaparecedora” del ‘76.

Esa noche del 29 de Julio materializaron la intervención con carros de asalto y policía montada, que junto con la infantería, tomaron por asalto los edificios destruyendo a su paso libros, bibliotecas, la computadora (última adquisición de la época), laboratorios e instalaciones. Avanzaron sobre estudiantes y docentes arreándolos a bastonazos desde las aulas hacia los patios, para luego hacerlos pasar por una doble fila de policías, formados a una distancia tal entre sí que, quien esquivaba un bastonazo de un lado recibía el del otro, en dirección a los carros de asalto y micros que los llevarían detenidos.

Ejercieron sin duda un escarmiento ejemplarizador para el resto de la sociedad mediante tortura pública explícita. Sabían cómo pegar, lo hacían con ganas, lo tenían planeado, le pegaban a esas cabezas que tanto daño le hacían al futuro de nuestra “patria republicana libre de ideas foráneas”. La única mirada posible debía ser confesional, oligárquica y fundamentalmente anticomunista.

El anticomunismo, que en nuestro país se resignificaba como anti peronismo, era la expresión y el contenido que amalgamaba ideológicamente a las derechas de la época. Ese imaginario era la base de sostén del autoritarismo dictatorial y permitía que Mariano Grondona, periodista estrella de los poderes de facto, pudiera decir por TV: “UN DICTADOR ES UN FUNCIONARIO NECESARIO PARA TIEMPOS DIFÍCILES”…

 

Los “partidos militares”, gendarmes de EEUU

En plena guerra fría y en un mundo binario, a fin de evitar el contagio cubano, EEUU había impuesto para la región la Doctrina de Seguridad Nacional, que disponía que los ejércitos nacionales se convirtieran en policía interna de control y de represión social. Las dictaduras en la región eran la herramienta disciplinadora requerida. Dos años antes, en el ‘64, fue el golpe que en Brasil destituyó a Joao Goulart. Allí como aquí la embajada de EEUU y la CIA estaban al tanto y eran consultadas por los golpistas. Cada país de nuestra América Latina generó entonces su particular Partido Militar que se construyó a medida de esta necesidad hegemónica yanqui.

Los cuadros político técnicos para la gestión los aportaron los sectores civiles asociados o cómplices de este avasallamiento sociocultural y político económico. Este incluía la proscripción del peronismo, como necesaria pero no suficiente, para la tarea de control social que el poder central de EEUU requería como condición de soporte.

El Golpe del ‘66 constituyó para nuestro país un hito fundacional del formato que tendría de ahora en más la intolerancia: “obedecés o te reprimo”, “vigilar y castigar”. Incluso allí donde se construye el pensamiento interpretativo, aquel lugar donde los saberes no son sólo técnicos sino herramientas para pensar el cambio, vale decir, construir conocimiento. Había que golpear aquellas cabezas que pensaban algo distinto del modo único que ya estaba pensado y que era obligación seguir para “todo ser nacional, derecho y humano donde el silencio obediente era lo saludable”.

 

De la reforma a la crítica “hasta el hueso”

La Universidad entre el ‘57 y el ‘66, si bien dada su autonomía se había separado de algunas luchas populares, como por ejemplo frente a las proscripciones, aprovechó la oportunidad construyéndose como una usina donde se cultivaban la matemática, la física, la química, la biología, la medicina, la filosofía,…los saberes, con un fervor constructivo de mirada crítica e intencionalidad manifiesta de cambiar el mundo como una utopía posible.

La UBA era la universidad nacional más poblada, vivía una época de oro inaugurada con la gestión del rectorado de Risieri Frondizi que luego siguió Fernández Long. Se modernizó, se hicieron campañas de alfabetización, se fundaron las carreras de Sociología y Psicología, también el Instituto de Cálculo, el Conicet, EUDEBA (11 millones de libros a precios bajos). A partir del avance de los militares dentro del gobierno de Illia, el movimiento estudiantil no se calló sus críticas y las expresaba en la calle. Un estudiante murió víctima de la represión en las movilizaciones contra la invasión yanqui a Santo Domingo en el ‘65.

El presupuesto educativo en aquella época era del 20 % del presupuesto nacional y la amenaza de reducción era creciente. Los móviles explícitos de la dictadura eran poner fin a la autonomía universitaria y la libertad de cátedra, silenciar la crítica y reprimir la rebeldía estudiantil docente de todas las universidades nacionales. Renunciaron 1.378 docentes y emigraron 301 (215 eran científicos y 86 investigadores en distintas áreas).

El clima social de la época era de rebelión creativa en muchos lugares del mundo y se manifestaba en todos los planos socioculturales y político económicos; en nuestro país “este despertar” fue coincidente con un momento social donde la tensión antidemocrática y represiva que comenzó en el ‘55 encuentra una generación harta de “hacer caso”, que decide resistir y “alterar el orden autoritario en todos los órdenes donde este se manifestara”.

Una época de toma de conciencia acerca de preguntas básicas de lo político como modelo organizativo de la sociedad con valores de igualdad, libertad, solidaridad, justicia social, desarrollo y verdad sin los cuales no valía la pena vivir.

Una época de preguntas “hasta el hueso” en todos los sentidos y planos de la vida, donde vastos sectores priorizaban la existencia dentro de esos valores y, sin estar ellos garantizados, cualquier formación técnica específica o práctica social tenía valor secundario.

La Universidad de La Reforma y su mirada científico técnica de excelencia autonomizada de los procesos sociales, apegada al arte como guía culta y sensible, había cumplido un rol para discutir con el conservadurismo academicista y abrazar con su cuestionamiento una modernidad superadora. Pero ya no era útil como modelo de cara a los nuevos desafíos: se había convertido en una “isla democrática”. Sin embargo, para la Dictadura tampoco era útil como factor de contención social de la tensión. En este contexto, los profesores abandonaron la lucha sin dar batalla, “ofendidos” y en “un acto de dignidad” decidieron “no colaborar con la dictadura” y así dejaron de colaborar con el Movimiento Estudiantil. Esta “acefalía académica”, que dejó solo al estudiantado para responder a aquel atropello, fue también una oportunidad de crecimiento político, pues el repudio unánime y la resistencia masiva y activa del estudiantado desbordó por completo los centros de estudiantes en manos del reformismo de la izquierda liberal que se quedó sin respuestas.

 

Un movimiento estudiantil fortalecido

En nuestra facultad esa reacción estudiantil desbordó por completo el Centro de Estudiantes, que también estaba en manos del reformismo y boicoteó la acción estudiantil autónoma. En todos los talleres brotaban organizadores y así una rebelión espontánea tuvo un sólido marco de funcionamiento orgánico: el Cuerpo de Delegados.

Este instrumento funcionaba regularmente e internamente en tres instancias: la asamblea de cada taller, la asamblea de delegados generales y la asamblea general estudiantil docente. La facultad entera funcionó masivamente con esta estructura de resistencia. Fueron contados los docentes que se sumaron a la movilización estudiantil, una amplia mayoría hizo rancho aparte, los estudiantes querían que se sumaran a la resistencia y apoyaran a los no-renuncistas. La izquierda tradicional apoyaba la renuncia de los docentes como un supuesto acto de presión ilusoriamente efectivo. Se impusieron los renuncistas y en un acto de “dignidad” decidieron “no colaborar con la dictadura”…y se fueron. Su patética dignidad los convirtió en desertores.

Los estudiantes no podían renunciar y quedaron pedagógicamente a merced del sector más reaccionario del profesorado y, salvo excepciones, del más mediocre.

El primer impacto de la intervención de la FAU fue el incentivo de un proceso autogestionario masivo, no sólo en lo político sino también en lo pedagógico, imprevisto beneficio de la acefalía en ambos planos.

Descubrimos la falsa universalidad del saber académico, su tácita complicidad con concepciones ideológicas de uno signo u otro y, por lo tanto, desmontamos la falacia de la “autonomía universitaria”.

Releímos nuestra historia, superando la visión liberal hegemónica, comprendimos su condición de país dependiente de los centros de poder internacionales. Con ello reconocimos el papel del Peronismo como Movimiento de Liberación Nacional y Social.

Descubrimos así las luchas del pueblo real, no el fantaseado en los claustros universitarios, y adscribimos a sus expresiones más consecuentes en la defensa del proyecto nacional y popular. Comprendimos entonces el desarraigo e incapacidad política de la izquierda tradicional. Nuestra mirada giró del autismo universitario al encuentro con el movimiento popular de masas.

Esta crítica de fondo permitió superar el paternalismo reformista y avanzar hacia una concepción más objetiva del papel de la universidad y, en nuestro caso, de la Arquitectura. Por un lado se consolidaba una Teoría Social que desnudaba las relaciones de poder en la concepción del hábitat y desmontaba el mesianismo de una profesión concebida como entelequia. Por el otro, se asumía el compromiso de confluencia con los sectores populares y sus organizaciones en su práctica política y productiva.

Hoy, como hace cincuenta años, la anti política es el principio ordenador que orienta al neoliberalismo que despolitiza, tecnocratiza, ficcionaliza y eficientiza el discurso para naturalizar un mundo donde el poder fáctico se complejizó en financiero-bélico-comunicacional-judicial y la política está convocada, como en aquel entonces, para desenmascarar esta hegemonía que, cuando no puede seducir comunicacionalmente, domina mediante el apriete económico o judicial y si esto no alcanza, reprime.

Aquí estamos, no nos han desaparecido, no fue en vano la vida entregada de todos los compañeros que desde el cartel del patio central, como símbolo de rebelión creativa, presiden nuestra querida hoy FADU.

 

EL PRESENTE NO ESTÁ CLAUSURADO, POR LO TANTO EL SENTIDO CAMBIA Y, SI CAMBIA, TAMBIÉN MODIFICA RETROACTIVAMENTE EL PASADO… Y, POR CIERTO, EL FUTURO QUE ESPERAMOS.

VOLVEREMOS.

Tato Romero, TUPAU en el MUP. Casi invierno del 2016.

 

DOCUMENTO 32.
50 años / Bastones LargosJulio 2016