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El marco cultural de un posible cambio pedagógico en la FADU, que reinstale un espacio para la consciencia social.

 

 

1. UN DIAGNÓSTICO GENERAL: LA TENDENCIA DECULTURADORA

 

La militancia universitaria en lo político-pedagógico se enfrenta hoy con un escenario radicalmente distinto al de hace cuarenta años: el escenario de la alienación consumista masiva con epicentro en la regresión lúdica de la tecnología y la consiguiente sustitución de la cultura; fenómeno que asesta un duro golpe a la educación, incluida la educación superior.

 

Toda propuesta alternativa que aspire a superar la actual situación de decadencia académica debe partir del reconocimiento de ese contexto. Pues esa situación no es fruto de una política pedagógica expresa emitida por los gobiernos de turno, sino la expresión de un proceso global de crisis cultural de fondo, propia de la etapa actual de desarrollo del sistema: la posmodernidad.

 

En su célebre librito sobre este tema, Fredric Jameson sostiene que una de las características de esta “lógica cultural del capitalismo avanzado” es la disolución de la “distancia crítica”, según él (y es directamente observable) ya no hay un espacio de autonomía desde el cual analizar la propia experiencia cultural. Lo que equivale a decir que la consciencia queda atrapada en la lógica que rige los procesos masivos espontáneos: se ha cancelado todo “afuera” del mercado.

 

El sujeto privado de esta “distancia crítica” se entrega pasivamente a la vorágine del flujo y su práctica específica: el consumismo. El consumidor va sucumbiendo ante cada nueva oferta, perdiendo así, progresivamente su contacto con la cultura en todas y cada una de sus manifestaciones: desde los grandes géneros del arte hasta los hábitos gastronómicos y normas de comportamiento cotidiano.

 

Por detrás de la adscripción a una u otra vertiente político-ideológica opera un proceso alienatorio, pre-ideológico, no consciente, que atraviesa todo el espectro social: la forma de dominación social específica de esta etapa es la “hegemonía” (Baudrillard): no se trata de dominación sino de “servidumbre voluntaria”. Este fenómeno alienatorio no es ideológico sino pulsional y, por lo tanto, infinitamente más eficaz: ajeno a la consciencia, no es modificable por ella.

 

Gracias a ello, ese proceso no se detiene en los sectores pasivos captados por la ideología dominante: invade incluso al pensamiento alternativo. La deculturación masiva genera una indefensión ante las nuevas formas de penetración, aceptadas no como tales sino como fenómenos “objetivos”, “neutros”, “naturales”, propios del desarrollo social, cuando no del “progreso”. En ese sentido, reinstauran el “pensamiento único”.

 

 

2. EL IMPACTO SOBRE LA UNIVERSIDAD

 

Este fenómeno, en tanto sistémico, se reproduce idéntico en todos los estamentos de lo social. Y la Universidad no se libra de él: un pragmatismo tecnocrático espontáneo – no programático – va corroyendo las estructuras curriculares y poniendo en evidencia un nuevo perfil del universitario, no sólo del estudiante tipo sino también del profesor tipo, direcciones académicas incluidas. La enseñanza queda en manos de un elenco de directivos y docentes deculturados, incluso en sus dominios culturales específicos.

 

Por ejemplo, en las facultades de arquitectura y diseño, cada día es más difícil dar con un docente que domine los movimientos ideológico-estéticos de las vanguardias históricas, pioneras de su propia disciplina, o que pueda emitir una interpretación lúcida y fundamentada de las grandes tendencias culturales contemporáneas. Impera una práctica a ciegas, inconsciente de sus orígenes y sus fines, y divorciada de sus antecedentes. El proyectista nace y muere culturalmente virgen.

 

Y esa “virginidad”, lejos de ser una condición vergonzante, es ejercida alegremente como una prenda valiosa, prueba de modernidad, actualidad, desinhibición liberadora o “superación de prejuicios”. Un profesor de diseño, en Buenos Aires, comenta sin pudor alguno que las vacaciones las pasará en Orlando. Otro profesor – primera figura de la crítica arquitectónica – decide concluir una conferencia antes de hora, aclarando impúdicamente que lo hace “para no perderse el partido del Barça”. En un congreso de diseño se “amenizan” los entreactos con una estruendosa música de discoteca y el Sr. Rector lo justifica con un argumento “irrefutable”: “es lo que les gusta a los estudiantes”. Cuando la decadencia cultural logra redactar su propio discurso legitimador se vuelve irreversible.

 

 

3. UN DOBLE DESAFÍO

 

En este contexto, que no es local sino global, resulta prácticamente utópico intentar revertir la situación. La formación superior ha dejado de ser un desiderátum masivo para recluirse en elites marginadas o individuos automotivados.

 

Todo intento de recuperación del nivel académico reencausando el sistema de motivaciones hacia la formación superior tendrá, en gran parte de los estudiantes y docentes, sus principales opositores.

 

La crítica al tipo de enseñanza, siendo una práctica política de masas, se enfrenta a la paradoja de que cuestionará básicamente a los universitarios masa.

 

La militancia universitaria en lo político-pedagógico se ve, entonces, ante un doble desafío. A la batalla por acercar al movimiento estudiantil-docente al campo popular, se suma un combate previo: acercarlo al campo de la cultura. Pues antes de adherir a la revolución es indispensable recuperar aquella “distancia crítica” ante lo social, desalienarse. Todo desarrollo de una consciencia política presupone un previo compromiso con la sociedad y la cultura: el zombi no milita.

 

Afortunadamente, el fenómeno alienatorio, aun siendo el dominante, no es excluyente. La vocación de desarrollo personal como miembro de la cultura está presente en un sector importante de estudiantes y docentes. Y más significativamente aún, en Latinoamérica. O sea, la “pérdida de la distancia crítica” no es universal, pues para acuñar ese concepto alguien ha tenido que conservarla.

 

Basta citar la prolífica biografía sobre la posmodernidad, el numeroso elenco de analistas y sus lectores; además de sectores sociales espontáneamente críticos, que se insertan en el presente sin perder autonomía.

 

En el seno de la posmodernidad todos somos de algún modo posmodernos. Pero no todos nos instalamos en ella del mismo modo. Y hay una forma positiva de ser posmoderno que consiste, precisamente, en la superación de los mitos de la modernidad, a todas luces reaccionarios.

 

 

4. RESISTENCIA Y PENETRACIÓN IDEOLÓGICA

 

 

En este escenario sólo cabe acumular poder político-pedagógico con nivel académico, y prestigio ante la comunidad universitaria.

 

Cuestionar lo que las izquierdas clásicas (y “neoclásicas”) no cuestionan. Ocupar el lugar de la vanguardia ideológica, alinearse con los intelectuales contemporáneos más lúcidos e introducirlos en los programas de estudio. En ese contexto de crítica global actualizada podemos incorporar el pensamiento nacional revolucionario. Tal como lo hicimos antes.

 

Para ello, no se ha de ser complaciente con los vicios estudiantiles: enfrentarse a su molicie antiacadémica. Fustigarla. No para cambiarla sino para que se autoexcluyan de ellas los sectores más lúcidos. Ganar aliados entre los que aún no se han entregado, entre aquellos que adscriben a una crítica radical.

 

Y pelear por espacios pedagógicos en los que oficialmente se impartan conocimientos liberadores (si es que hay auténticos conocimientos que no liberen). En esos espacios podrá ampliarse la base social para un proyecto de transformación académica de fondo. Y en esos espacios podemos captar voluntades de sumarse al campo nacional y popular. Se trata de una estrategia resistencial: defender a toda costa aquel “afuera” de la abducción.

 

Esta política es, sin duda alguna, de largo plazo. Para implementarla será necesario reconstruir el equipo de cuadros docentes que una vez tuvimos. No hay más remedio que creer en los jóvenes, detectarlos y apoyarlos.

 

 

Norberto Chaves

7 de mayo de 2014

 

 

Ayer hoy y siempre “Liberación o dependencia” Por una “Patria justa libre y soberana”

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DOCUMENTO 27.
La tragedia educativa en la UniversidadJulio 2015